sábado, 7 de septiembre de 2013

Cadena de Favores

Bueno gente, hoy es un día lluvioso, como casi tos los días de esta semana, y como aun estoy en Xeraco y aquí hay poco que hacer si llueve, me he propuesto contaros una de las múltiples experiencias que he pasado este verano. No es una historia rara de esas que dices meeekaaaa!!, más bien son unas serie de coincidencias que yo uní y a las que les intenté dar un significado. Consta de dos partes y una reflexión final así que allá vamos.


Hace como aproximadamente dos semanas nos encontrábamos, una noche más, en la playa unos amigos y yo. Como de costumbre, nos separamos los tíos y las tías para hablar de nuestras cosas. Yo me fui con Edu y con Ivan, de los cuales os hablaré otro día, si eso, y mientras Almu se quedó con Laura y con alguien más, si mal no recuerdo.
Ellas se quedaron tiradas en la toalla, mientras que nosotros caminamos por la playa hasta encontrar una especie de barca dada la vuelta, la cual usamos de banco. Allí nos sentamos.
Empezamos a desvariar, como siempre, y a contarnos historias entre nosotros. Edu, el cual es un excelente narrador (si me deja algún día haré algo de una historia suya), es un fumador empedernido y como no, en ese momento estaba fumando.

La cosa es que al poco tiempo de llegar allí, Edu se encendió un cigarro y acto seguido se empezaron a acercar dos chavalas desde la orilla hacia nosotros. De lejos no estaban mal, y realmente tampoco lo estaban, solo que una de ellas era un poco gorda y la otra era su amiga maja. En un principio creíamos que querrían nuestro WhatsApp o algo de sexo, pero solamente querían fuego.
Edu, evidentemente se ofreció para dárselo, pero les dijo en plan coña que solo se lo daba si le daban lo que él llama un piti industrial, que viene siendo un piti que no es de liar, de estos de la cajetilla.  La chica encendiéndose uno de estos pitis nos dijo que no tenía más que ese y Edu para no quedar mal les dijo que era coña. Las chicas nos agradecieron el fuego y se volvieron por donde habían venido.

Cuando estas estaban a una distancia prudencial se rompió el silencio para dejar paso a una serie de insultos e improperios hacia su persona. “ Puta gorda, viene aquí con un piti industrial y tiene la cara de decirme que no tiene más”, “seguro que los tiene escondidos entre sus tetas de gorda” etc, etc, etc…
Una vez se nos acabó el repertorio de insultos, volvimos a empezar a soltar gilipolleces y a contar otra vez anécdotas.
Al poco tiempo, vinieron de nuevo las dos chiquillas y alguien soltó algo parecido a “ya viene la gorda otra vez”. Venía con un piti en la mano y pensábamos que venía a gorronearnos el mechero de nuevo, sin embargo cuál fue nuestra sorpresa cuando alargó la mano y le dio a Edu el valioso piti industrial.
Evidentemente le dimos las gracias y ellas se marcharon sonriendo, con la satisfacción de quien acaba de hacer una buena acción.

La cara de gilipollas que se nos quedó a los tres era de foto.

Habíamos estado insultando a las pobres chiquillas diciendo que si no querían darnos un cigarro o que si ese truco nos lo sabíamos todos y justo llegan y nos lo da con toda la alegría del mundo. Nos sentimos como tres mierdas encima de una barca.

Después del bajón empezamos a hablar sobre los prejuicios y Edu terminó por ilustrarnos con una de sus fantásticas historias.


Esta es la primera parte de la entrada, en la que tres gilipollas dan fuego a unas chavalas y se meten con ellas solo porque no tienen un cigarro, pero se llevan un chasco.


La segunda parte de la historia consta de dos protagonistas, uno de los cuales era yo, está claro. El otro era Iván, uno de los otros dos colegas que estaban conmigo el día de la barca.
A estas alturas del verano, Edu ya se había ido y esa era la última noche de Iván.
Estábamos tranquilamente, de jajas, en un banco en mitad de Xeraco observando a la gente que pasaba y soltando los típicos “imaginate que vamos y…” que sueltas cuando no tienes nada mejor que hacer.

El caso es que había una panda de chavalillas sentadas en un banco a unos pocos metros de nosotros que, minutos antes le habían preguntado a Iván si él era de Benifayó, que es el pueblo donde vive mi amigo. Nosotros las mirábamos, como el que mira al pasado acordándose de cómo eras cuando tenias 15 años, o por lo menos así las miraba yo, no sé qué haría Iván.
La cosa es que tres de ellas se levantaron del banco y caminaron hacia nosotros con el andar despreocupado del que va a pedir algo, sin tener contacto visual hasta el final, para que el que es pedido sea asaltado por el pedidor y no tenga tiempo ni recursos para buscar una escusa.
Yo suponía que vendrían hacia nosotros por algo, pero no me imaginaba que podría ser, sin embargo le di ligeramente con el codo a Iván y este apagó a Green Valley del móvil.
Una de las chicas hizo de portavoz y con una vocecilla de niña buena nos preguntó si teníamos un cigarro. Nosotros pensando que no sabrían liar les dijimos que no y que lo sentíamos. Ellas se dieron la vuelta tras decirnos que no pasaba nada y darnos las gracias igualmente.

Al rato Iván y yo, recordando a Edu, nos acordamos del día de la playa que acabo de contaros y empezamos a elucubrar.

Iván tenía tabaco de liar y papel en la mochila y después de hablar sobre si lo debíamos hacer o no, decidimos hacerles un cigarro a las pobre chiquillas. La cosa era que nos liaríamos uno cada uno y que el que mejor lo liase se lo daría a las chavalas y quedaríamos como los putos amos. Y asi fue. Evidentemente, como yo soy un liador pésimo fue Iván quien tuvo el placer de darles el cigarro a las chicas y se quedó con la patata que yo acababa de hacer.

Nos levantamos con el fin de ir al chiringuito, en donde encontraríamos a unos colegas, no sin antes pasar por el banco y darles el cigarro.
Comenzamos a andar con el paso de quien sabe que va a hacer una buena acción, evidentemente sin mirar a nuestras victimas, hasta que llegamos allí e Ivan se les acercó hablando en valenciano mientras yo le esperaba en la retaguardia.
Les dijo algo parecido a “¿Os vale con tabaco de liar?” a lo que ellas respondieron que si.
Se lo dio y nos marchamos de allí imaginándonos sus caras mientras se oia tras nosotros “O Dios que puto amo” en valenciano.
Nuestros andares de Fuck Yeah nos delataban. Estábamos orgullosos de lo que acabábamos de hacer, no por el hecho de darles un poco de tabaco a las niñas, sino porque lo que acabábamos de hacer  hacia que la cadenas de favores siguiese. A nosotros dos amables chavalas nos habían ofrecido un cigarro tan solo por tener fuego para ellas, y ahora nosotros habíamos hecho lo mismo por otras chavalas, gente completamente desconocida y a quien probablemente no íbamos a volver a ver nunca más, pero por quien habíamos hecho algo bueno (si es que dar un cigarro a unas chavalas se puede clasificar dentro de lo bueno).


Y es aquí donde empieza mi rayada personal, ¿no sería genial que las chicas las cuales nos pidieron fuego, hubiesen pasado por nuestra misma situación y alguien hubiese venido desde la comodidad de su banco sin querer nada más que la satisfacción de hacer algo por otra persona? Y es más, que nosotros hayamos continuado con la cadena dándoselo a estas chicas y quién sabe si estas le habrán pasado ya el relevo a otro grupo de chavales. Es algo parecido a lo que pasa en la película Cadena de favores. Sería bonito que el mundo funcionase así ¿verdad?

Por cierto, en lo que he escrito esta historia ha salido el Sol :)

1 comentario:

Milton Stinson dijo...

Siempre es bueno hacer algo no por el hecho de quedar bien, si no de sentirte bien, No se si existe el karma, sienta bien cuando luego te pasan cosas buenas el pensar que quizá sea porque tú en algún momento hiciste algo bueno por alguien.